Mi amigo el Barrendero

Una historia basada en hechos reales

Esta historia se dio hace aproximadamente un mes. Y uno de los protagonistas, digámosle que se llama Maxi y le dicen el Filosofo Bicicletero. Al otro protagonista lo van a conocer más adelante.

Foto: Pexels

La mañana había empezado complicada. Maxi se había quedado dormido. Le había fallado el despertador. Entre la desesperación por salir lo más rápido posible y algún que otro altercado hogareño, agarró su Shogun rutera y enfiló, con algo de apuro, hacia Avenida Independencia como todas las mañanas.

Llegó a la primera ciclovía, y ya en más de una ocasión le había resultado, cuanto menos molesto y raro a la vez, que los barrenderos del Gobierno de la Ciudad pusieran sus carros justo en algunos de los carriles donde a diario circulan las bicis. Solo una vez, y lo documentó, vio un carro estacionado en una de las esquinas que siempre transita. Pero al no venir ninguna bicicleta de frente no le resultaba molesta la situación

Luego de pasar, como todas las mañanas por la primera ciclovía (Virrey Liniers-Billinghurst) dobló hacia la segunda, en la calle Humahuaca. Recordemos que Maxi seguía apurado, porque estaba llegando tarde al trabajo. Respetaba los semáforos, pero iba a un ritmo considerable.

Y ahí aparece el segundo protagonista. Por Humahuaca, entre Jerónimo Salguero y Avenida Medrano. Corazón de Almagro. Maxi circulaba por esa calle, y apareció él. El barrendero.

De forma tranquila circulaba en el mismo carril por el que Maxi pedaleaba, sin prestarle atención. Mirándolo, pero sin prestarle atención. Del carril de enfrente venían dos bicis, una atrás de la otra. Maxi esquivó al barrendero, y por muy poco no chocó a las otras dos bicis. Él ni se percató. No le prestó atención la situación. Hasta que…hasta que Maxi abrió la boca.

Foto: Pexels

En otro tipo de situación podría haber frenado, dejar que las bicis pasaran y mirar mal de refilón al barrendero. Pero estaba apurado. Y la adrenalina le jugó una mala pasada. Lo insultó con epítetos que no se van a reproducir en este medio. Cortó el semáforo en Medrano. Y el barrendero, obviamente no se calló. Y obviamente lo invitó a boxear. Maxi tampoco se calló, pero al mismo tiempo seguía apurado. El semáforo dio luz verde y se fue. 

Ya en el trabajo Maxi comentó la situación con sus compañeros, y al mismo tiempo que la contaba pensaba “a este barrendero me lo voy a cruzar todos los días. ¿Que hago? ¿cambio de ruta? ¿o le pido disculpas?”. 

Al día siguiente hizo la misma ruta que todos los días. Y ahí estaba él. El barrendero con el que se puteó el día anterior. Frenó, lo saludó y le pidió disculpas. El barrendero las aceptó de muy buena forma. A partir de ese día, y cada vez que se cruzan, se saludan con la mejor de las ondas.

De todas formas surgen un par de dudas: ¿Por qué Maxi le pidió disculpas al barrendero si este estaba en falta al pasar tan campante por su carril? ¿Por qué el barrendero no se retractó al momento de las disculpas de Maxi? 

Sea quien sea el que esté en falta, no hay justificación alguna para insultar al otro. Vivimos en una sociedad y en una ciudad donde la tensión reina en cada calle, en cada esquina.  Pararnos un minuto a pedir perdón es una rareza. Debería ser algo habitual. Pero no lo es. Y como nuevos actores de tránsito debemos dar el ejemplo. Maxi lo pensó así.

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