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El descubrimiento de un nuevo mundo

Soy de la época en que el 12 de Octubre se celebraba el “dia de la raza” y se aceptaba livianamente que América “habia sido descubierta”, como si durante todos esos años no hubiera estado junto con sus habitantes en esta tierra.

Por Matías Avallone

No es la intención de estas líneas hablar sobre ese hecho trascendental para la historia, de cómo cambió para siempre a la humanidad como también de las consecuencias trágicas. Sin embargo, en un momento del día surgió en mi cabeza un paralelismo entre la “aparición” de América para “el mundo civilizado” y este resurgir de la bicicleta en las ciudades. 

Un sistema en crisis actúa como disparador para buscar un cambio. Sean las dificultades de aquella Europa para comerciar con las indias por las rutas habituales o las actuales ciudades colapsadas de tránsito por un diseño que durante décadas puso el auto como referencia para pensar la movilidad, lo cierto es que contra toda corriente y a pesar de las fuertes resistencias hubo intrépidos solitarios que sembraron la semilla del cambio y desafiaron a los poderes establecidos.

Y así como Cristobal Colon partió sin saber que se encontraría con un continente que había estado allí oculto a los ojos de Europa desde siempre, hubo intrépidos que desafiaron los paradigmas y creyeron posible romper los moldes que existían y lograr los cambios a partir de la simpleza de un vehículo ya conocido y que propone una movilidad más humana, más limpia, más sana. Y aunque el resto los miraran como locos por su aventura en solitario, la obstinación y el convencimiento de saber que el camino es el correcto fue la fuerza más poderosa para seguir adelante.

La bicicleta había sido la reina de las calles. El vehículo que por excelencia movía a los trabajadores a las fábricas, que le había dado independencia a las mujeres como nada antes en la historia, que era popular y accesible y maridaba perfectamente con la vida en las ciudades en las que las personas eran quienes marcaban el ritmo diario. La industria automotriz y su incansable lobby para imponer sus productos despojaron a las ciudades de ella, y también se llevaron su tranquilidad, las personas y los niños de las calles, el aire limpio. La voracidad en la demanda por el excesivo espacio que los autos ocupan se llevó barrios enteros, pedazos de historia, testimonios arquitectónicos y paisajísticos. Instaló en el inconsciente de muchos ideas abstractas de status, de poder, de hombría y deseo, imágenes ficticias de caminos vacíos a merced de unos pocos privilegiados a quienes convencieron de que la satisfacciòn se obtiene mirando el mundo desde adentro de una caja metálica, mientras corrompía nuestros lugares para su propio beneficio a cambio de la pérdida constante de calidad de vida.

Hoy muchos están descubriendo nuevamente la bicicleta. Venciendo prejuicios propios y ajenos ponen el cuerpo apostando a recuperar lo que nos fue quitado y comprueban en carne propia la alegría, el placer, la felicidad que algo tan simple como pedalear produce. Luchando contra preconceptos e ideales obsoletos y caducos que se empecinan e insisten con modelos que demostraron ser inviables. Convenciendo desde el ejemplo que hay una alternativa y está al alcance de la mano. Tenemos ante nosotros la posiblidad de crear un “nuevo mundo” y volver a poner a las personas en el centro. Conectar con el entorno, respetando la historia sin perder de vista el futuro. Limpiar el aire de las impurezas, no solo las que respiramos sino las que consumimos. Que lo que valga la pena no sea sólo lo material, lo mentiroso, sino las acciones auténticas que siembren la semilla del cambio para recuperar esa libertad que nunca debimos perder.